La agresión insospechada es una
forma de violencia psicológica tan sutil y elaborada que se disimula y oculta
entre las fibras del tejido social. La agresión insospechada es la que muchos
agresores ejercen disfrazándola de protección, de atención, de buenas
intenciones y de buenos deseos.
Una forma de agresión insospechada
es la que ejercen las personas sobreprotectoras sobre sus protegidos. Les
rodean de atenciones, de mimos y de cuidados, pero no les permiten
desarrollarse como personas autónomas, no les permiten ejercer su derecho a la libertad,
no les permiten escapar del entorno artificial que han fabricado para ellas.
Todo lo hace el protector por el bien de su protegido, eliminando de su camino
el menor escollo, para librarle de todas las desazones de la vida.
Y el
protegido no llega a crecer ni a independizarse nunca. Y el día que el
protector falte o no pueda seguirle protegiendo, su integridad valdrá bien
poco.
Otra forma de agresión insospechada
es la que ejercemos sobre nuestros mayores, cuando creemos que les mostramos
amor y consideración dándoles tareas para "que se sientan útiles",
como si no se hubieran ya ganado el derecho a dejar de ser útiles. Muchas
personas agobian a sus mayores con demandas de ayuda, sin tener en cuenta que
los mayores ya se han jubilado de esas tareas y tienen derecho a vivir sin
trabajar. Muchos jóvenes tienen a sus padres como canguros continuos,
privándoles del derecho de salir con sus amigos, de viajar a su gusto o de
sentarse a no hacer nada, que bien se lo han ganado. Muchos jóvenes llevan a
sus mayores a vivir con ellos para que no estén solos y los convierten en chica
para todo, privándoles de libertad, de descanso y, muchas veces, de lugar de
residencia, pues muchos ancianos viven una temporada con cada hijo, con lo cual
carecen de referencia y de vivienda fija. Los convierten en nómadas y en
sirvientes sin paga. Y la sociedad se hace lenguas de lo que esos hijos quieren
a sus padres, mientras que otros los "meten" en una residencia.
Otra forma de agresión insospechada
que todos practicamos alguna vez son los consejos. Los consejos tienen a veces
un matiz de amenaza y otras veces son una forma de acoso contra la persona que
se empeña en no dejarse aconsejar. Hay mucha gente que necesita dar su visto
bueno a las acciones de los demás, ofrecer su consejo sapientísimo o, por el
contrario, oponer su veto a los proyectos de los demás. Hay gente que se
permite dar su beneplácito a que otros sean homosexuales, a que otros se
enamoren a la vejez, a que otros no sean creyentes o a que otros realicen actividades
poco comunes. Hay gente que se permite aconsejar lo que hay que hacer en una u
otra situación y hasta previene el desastre si no se siguen sus
recomendaciones. Hay gente que se opone con todas sus fuerzas a que otros hagan
algo que ni les va ni les viene, pero en lo que ellos no pueden dejar de
intervenir.
( Fuente: Ana Martos )