Sin duda, la etapa de la adolescencia se ha descrito como una etapa de adaptación y de aprendizajes. Lo primero que hemos de entender es que la adolescencia es una etapa de cambios y si entendemos lo que le ocurre a nuestro hijo en cada momento entenderemos cómo tratarlo y cómo relacionarnos con él.
Además de los cambios físicos, evidentes de la edad, existen otros cambios que tenemos que destacar y entender: cambios psicológicos (que provocan inestabilidad afectiva y fluctuación en la imagen de sí mismo; inseguridad; autoafirmación etc) y cambios en la conducta social (conducta gregaria, necesidad de aceptación por sus iguales, rebeldía, hipersensibilidad al ridículo).
Si todos estos cambios se observan como negativos, será muy costoso que la adolescencia sea una etapa más. Se verá como una etapa de conflictos y enfrentamientos en la que se está echando un pulso con el adolescente. Por lo tanto, es importante ver la adolescencia como un período de adaptación y mejora. Viendo al adolescente con lo que es capaz de hacer, no con lo que todavía le falta. Tratamos de que sean como adultos, piensen como adultos y se comporten como tales... tan sólo tenemos que entender que van en proceso, pero que son jóvenes y tienen que experimentar. Teniendo una mirada apreciativa del adolescente y de esta etapa.
Aprender a ser flexibles manteniendo una firmeza; hemos de entablar una comunicación con ellos, haciéndonos presentes, recogiendo sus opiniones y deseos; demostrarles nuestro afecto, no de la misma forma que a un niño, sino como un joven; tendremos que enseñarles a asumir su responsabilidad y esperar que lo hagan, sin presionarles y sin esperar nada a cambio. Debemos compaginar una educación de límites y normas a través del afecto y el cariño. Crear un vínculo afectivo que nos permita acceder al adolescente y aprender de él.
Es una etapa que pasará pero que mientras dure ha de ser una etapa constructiva tanto para el adolescente como para los padres. Hemos de saber que ellos nos pueden enseñar mucho y tener una relación enriquecedora. Todo depende de la actitud del adulto, no de lo que haga o deje de hacer el adolescente. Su "trabajo", durante este tiempo, es ir aprendiendo y poner en tesitura toda nuestra educación como padres.
1. ¿Cómo escucharlos y hacer que hablen?
El paso más importante es aprender a escuchar al adolescente. Este no habla con palabras; lo hace con gestos, con emociones, y con distancia o cercanía. Hemos de interpretar esos movimientos y entenderlos. En muchas ocasiones, lo que nos ocurre es que sus oscilaciones nos ponen nerviosos y no sabemos cómo manejarlos. Hemos de escucharlos con el corazón:
1.1. Estar alerta a sus señales. Conocerlos y entender cuáles son sus movimientos para aprender cómo actuar. Estar alerta significa estar pendientes de ellos, supervisándolos sin controlar. Lo importante es poder darnos cuenta de cuándo les sucede las cosas... no del porqué. Hemos de aprender a interpretar sus reacciones.
1.2. Dar señales de que sabemos que le ocurre algo. Indicar lo que nos parece, que le puede estar ocurriendo algo, que no sabemos qué pero que si necesitan o quieren hablar aquí nos tienen a nosotros. Esto es lo más importante, dejarle la responsabilidad de acercarse. Hemos de darles señales de que estamos a su disposición, y cuando lo hagan estar atentos y presentes.
1.3. Cuando se acerquen y comiencen a hablar, no interrumpirle, esperar a que nos cuenten. Estar con los oídos abiertos, observando sus reacciones y, sobre todo, lo que expresa y cómo lo hace. No importa tanto lo que ha sucedido sino cómo se siente. Así que hemos de aprender de su lenguaje corporal; y tratar de empatizar en todo momentos con nuestra comunicación no verbal: acercarnos, mirarlos a los ojos, asentir moviendo la cabeza, tocarlos si es necesario, decirles "te estoy escuchando".
1.4. Cuando se hayan expresado todo lo posible, hacerles preguntas, dirigidas a conocer sobre sus emociones no sobre qué ha ocurrido o por qué. Muchas veces ni ellos mismos saben por qué ha sucedido algo o por qué han reaccionado de una determinada manera. Se les puede preguntar: y tú, ¿cómo te sentiste? ¿qué pasaba por tu cabeza? ¿con qué intensidad?
1.5. El siguiente paso es, con un tono apropiado sin alterarse, trasmitirle cómo nos hace sentir a nosotros: con miedo, con dudas, con impotencia, con resentimiento... No juzgarlo ni interpretarlo. También hemos de procurar no hacerlos sentir culpables con lo que les decimos. Simplemente tratar de que entiendan que hemos empatizado con ellos y que los entendemos.
1.6. Y por último, y no menos importante, es pedirles ayuda. Muchas veces tratamos de imponer nuestros criterios, pensamos que nosotros somos los que llevamos razón y metemos la pata al tratar de aconsejarlos sin que ellos lo pidan. Es importante estar atentos y trasladar la responsabilidad a ellos. Para eso, tras escucharles y comunicarles nuestras emociones, preguntarle: ¿cómo puedo hacer para ayudarte? ¿en qué piensas que te puedo ayudar?
A partir de aquí valorar si podemos y estamos dispuestos a ayudarles; porque no tenemos que darle todo lo que piden. Podemos decirles algo así: Te he escuchado y creo haberte entendido, ¿cómo piensas que puedes solucionarlo? ¿cómo puedes hacer para salir de esa situación? ¿qué has aprendido de todo lo que te sucede?
2. Ser afectuosos con ellos.
Cuando los hijos son pequeños pensamos que es importante ser cariñosos con ellos; conforme van creciendo pensamos que para que se "enderecen" tienen que aprender a cumplir normas. Pero olvidamos que los adolescentes también necesitan, y desean, afecto. No lo desean igual que un niño: abrazos, besos... lo quieren de otra forma: una palmadita, una mirada, un asentir de cabeza, un "muy bien tío"... hemos de aprender a mostrar ese afecto.
De manera verbal con los elogios y de manera no verbal a través de gestos. Es importante manejar tanto unos como otros. Reconocerlo dentro de la familia, con los amigos, es lo que esperan los jóvenes. Hemos de crear un "público" sobre lo que hace bien. En este sentido, somos los padres los que tenemos que hacer un ejercicio muy importante para ver aquello que nos agrada de nuestros hijos. Crear entornos positivos.
Recordad que es importante señalar que les queremos, que nos tendrán ahí cuando hagan las cosas bien o mal. Pensad que para ellos es más importante un reconocimiento y una muestra de afecto más que algo material.
MUY IMPORTANTE: cuando hacemos un elogio hemos de ser sinceros y genuinos. No hacerlo por hacer, sino que tenemos que creer en él y que realmente lo sentimos así.
3. Normas y límites.
La adolescencia es una etapa de rebeldía, de saltarse normas y de no respetar límites. Como padres es lo que más nos angustia y más difícilmente manejamos. Pensamos que cuantos más límites, mejores van a ser. Creemos que para que el árbol no se tuerza hay que poner una vara que no les permita moverse. Lo que no entendemos es que por sus características, cuantas más normas tengan más se las saltarán. Pero se nos crea una paradoja: si se saltan una norma, los castigamos con nuevas normas más restrictivas; de esta forma, si se saltaron las anteriores también lo harán con las nuevas. Es entonces cuando se convierte en un círculo vicioso de control.
Pero, ¿cómo hacerlo?
En primer lugar, reconocerles cuando han respetado una norma. Por ejemplo, es típico que los adolescentes tengan un horario impuesto, normalmente, por los padres o, en algunos casos, consensuado. Pero en el momento en el que se saltan el toque de queda, aunque sea cinco minutos, se lo echamos en cara, les castigamos o incluso le decimos que lo ha hecho mal. Sin embargo, cuando llegan temprano no solo no los recompensamos sino que utilizamos el sarcasmo y la ironía: ¿es que estás enfermo? ¿ya te han soltado tus amigos? Es entonces cuando tenemos que decirles cómo nos sentimos. Recordar que antes de que comiencen a llegar tarde de forma regular, respetaran los horarios o se los saltarán puntualmente.
A menudo cuando comienzan a saltarse cualquier norma, lo que hacemos es volverlas más restrictivas. Sin hablar con ellos, sin negociar. Cuando un chico se salta un límite de forma regular nos está diciendo que ese ya no les sirve, que hemos de cambiar la estrategia y buscar otra forma de hacerlo. Seamos flexibles, y negociemos con ellos (el cómo hacerlo lo aprenderemos más adelante).
Otra sensación que nos inunda en esta época es que no han aprendido nada de lo que les hemos enseñado. Si antes sabían hacer las cosas y nos respetaban; en cuanto llegan a la adolescencia parece que se les resetea el cerebro y no les ha quedado nada de lo que aprendieron de pequeños.
Esto no es así, lo que han aprendido lo saben y lo hacen (de vez en cuando), hemos de estar atentos a cuando lo hagan. Pensad y confiad que lo que les habéis trasmitido lo tienen incorporado, aunque en este período no lo reproduzcan tanto como anteriormente.
4. Negociar con un adolescente
Tal vez lo más difícil de todo este proceso, dado que pensamos que se trata de "ver quién puede más, mi hijo o yo". Y en el momento en el que se salen con la suya, nos sentimos defraudados porque no hemos sabido manejar la situación. Porque si "le damos la mano nos cogerán hasta el codo". Lo vemos como una lucha continua.
Pensad que ellos tienen siempre las de ganar: son más jóvenes, tienen más energía, no les importa tanto el futuro... y en definitiva tienen menos que perder. Hacer del diálogo y la negociación una forma de funcionar. Enseñarles a llegar a pactos desde que son pequeños y que vean cómo solucionar los conflictos.
Ved cualquier conflicto con tu hijo como la oportunidad de dialogar y llegar a acuerdos. Lo importante es llegar a un consenso; pero si éste no ocurre, al menos se ha establecido un proceso de comunicación que hay que valorar. Es tan importante el fin como el medio para conseguirlo.
Pasos:
- Tratar a nuestros hijos con respeto. Tienen sus opiniones, deseos y necesidades y hemos de respetarlas.
- Identificar cuál es el problema y el conflicto al que enfrentarse. Es muy importante ser objetivo.
- Tener una disposición para dialogar y llegar a acuerdos. Para eso, hemos de escucharlos y dejar espacio para todos los implicados.
- Obtener diferentes soluciones. Cuantas más mejor, esto nos hará abrir nuestras mentes y observar que no siempre lo que nosotros pensamos puede ser mejor. Entre todos, ver pros y contras y elegir una solución.
- Aquella que se elija dejad que se desarrolle durante un tiempo. Si no funciona al principio, es importante dejar que vaya surtiendo su efecto. Si en un tiempo prudencial, y valorado por todos, no funciona; comenzar a crear nuevos espacios de negociación. Hemos de aprender a ser flexibles.
5. Fomentar su responsabilidad.
Un adolescente es un adulto en potencia al que hemos de proporcionarle las herramientas precisas para que asuma su autonomía e independencia. Tienen que aprender que son responsables de lo que hagan y de su propio crecimiento. Enseñarles a tomar sus propias decisiones y ser consecuentes con las mismas.
Es importante sentir que no estamos "tirando de ellos". Acompañarlos solo si ellos se mueven. Aprender a motivarlos, a que tomen decisiones, aunque se equivoquen. De esta forma, es como aprenden; no diciéndoles cómo tienen que hacer las cosas, sino dejando que asuman su responsabilidad.
MUY IMPORTANTE: si queremos que se comporten como adultos hemos de tratarlos como si lo fueran. Les podemos aconsejar, si nos lo piden; pero hemos de hacerlo para que ellos tomen la decisión, se atengan a las consecuencias y les apoyemos, si nos necesitan.
Autor: Gabriel González