lunes, 15 de febrero de 2016

CÓMO EVITAR EL DESCONTENTO CON UNO MISMO


Aceptarse a uno mismo significa conocerse, saber cuáles son nuestras cualidades y cuales nuestros defectos que nos hacen ser como somos.
Aceptarse a uno mismo significa comprender que no todo lo que hacemos siempre es tal y como nos gusta, que a menudo fallamos con aquellas cosas que nos importan, pero sin embargo, seguimos intentándolo, seguimos en pie y jamas nos rendimos.
Aceptarse a uno mismo no significa que me crea el mejor o la mejor del mundo, no significa que soy superior a nadie, aceptarse a uno mismo significa que sea como sea voy a confiar en mí para hacerlo lo mejor que pueda.
Aceptarse a uno mismo es más que quererse y verse guapo, es conocer nuestras limitaciones y reconocer nuestros errores delante de otras personas sin avergonzarnos, pues todos somos humanos.
Aceptarse a uno mismo es darse a conocer y mostrarse tal y como somos, sin mentiras, sin facetas, sin máscaras… siendo nosotros mismos tal y como lo sentimos, siendo originales, espontáneos, naturales.
Aceptarse a uno mismo significa compartir con los demás nuestro lado bueno, nuestras cualidades, compartir todo aquello que sabemos hacer bien y que nos gusta. También pedir consejo para aprender a mejorar nuestros defectos y seguir mejorando como personas.
Desde luego que si aceptarse a uno mismo significa tantas cosas, es todo un reto, puesto que no es sencillo aceptar todo sobre nosotros, sobre todo aquellas cosas que más nos desagradan de nosotros mismos. Sin embargo, no hay mejor oportunidad en la vida que aceptarse a uno mismo y poder mostrarnos tal y como somos al mundo para sacar nuestro máximo potencial.

viernes, 12 de febrero de 2016

LA ENVIDIA Y EL SÍNDROME DE SOLOMON

  • Formamos parte de una sociedad que tiende a condenar el talento y el éxito ajeno.
  • La envidia paraliza el progreso por el miedo que genera no encajar con la opinión de la mayoría.
  • Uno de los mayores temores del ser humano es diferenciarse del resto y no ser aceptado.


En 1951, el reconocido psicólogo estadounidense Solomon Asch  fue a un instituto para realizar una prueba de visión. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes voluntarios que participaron –sin saberlo– en un experimento sobre la conducta humana en un entorno social. El experimento era muy simple. En una clase de un colegio se juntó a un grupo de siete alumnos, los cuales estaban compinchados con Asch. Mientras, un octavo estudiante entraba en la sala creyendo que el resto de chavales participaban en la misma prueba de visión que él.

Haciéndose pasar por oculista, Asch les mostraba tres líneas verticales de diferentes longitudes, dibujadas junto a una cuarta línea. De izquierda a derecha, la primera y la cuarta medían exactamente lo mismo. Entonces Asch les pedía que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas verticales era igual a la otra dibujada justo al lado. Y lo organizaba de tal manera que el alumno que hacía de cobaya del experimento siempre respondiera en último lugar, habiendo escuchado la opinión del resto de compañeros.

Cabe señalar que solo un 25% de los participantes mantuvo su criterio todas las veces que les pre­­guntaron; el resto se dejó influir y arrastrar al menos en una ocasión por la visión de los demás. Tanto es así, que los alumnos cobayas respondieron incorrectamente más de un tercio de las veces para no ir en contra de la mayoría. Una vez finalizado el experimento, los 123 alumnos voluntarios reconocieron que “distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho en voz alta por miedo a equivocarse, al ridículo o a ser el elemento discordante del grupo”.
La respuesta era tan obvia y sencilla que apenas había lugar para el error. Sin embargo, los siete estudiantes compinchados con Asch respondían uno a uno la misma respuesta incorrecta. Para disimular un poco, se ponían de acuerdo para que uno o dos dieran otra contestación, también errónea. Este ejercicio se repitió 18 veces por cada uno de los 123 voluntarios que participaron en el experimento. A todos ellos se les hizo comparar las mismas cuatro líneas verticales, puestas en distinto orden.

A día de hoy, este estudio sigue fascinando a las nuevas generaciones de investigadores de la conducta humana. La conclusión es unánime: estamos mucho más condicionados de lo que creemos. Para muchos, la presión de la sociedad sigue siendo un obstáculo insalvable. El propio Asch se sorprendió al ver lo mucho que se equivocaba al afirmar que los seres humanos somos libres para decidir nuestro propio camino en la vida.

Más allá de este famoso experimento, en la jerga del desarrollo personal se dice que padecemos el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar en un grupo social determinado. Y también cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que transita la mayoría. De forma inconsciente, muchos tememos llamar la atención en exceso –e incluso triunfar– por miedo a que nuestras virtudes y nuestros logros ofendan a los demás. Esta es la razón por la que en general sentimos un pánico atroz a hablar en público. No en vano, por unos instantes nos convertimos en el centro de atención. Y al exponernos abiertamente, quedamos a merced de lo que la gente pueda pensar de nosotros, dejándonos en una posición de vulnerabilidad.

El síndrome de Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de nuestra condición humana. Por una parte, revela nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, creyendo que nuestro valor como personas depende de lo mucho o lo poco que la gente nos valore. Y por otra, constata una verdad incómoda: que seguimos formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas. Y más ahora, en plena crisis económica, con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos.

Detrás de este tipo de conductas se esconde un virus tan escurridizo como letal, que no solo nos enferma, sino que paraliza el progreso de la sociedad: la envidia. La Real Academia Española define esta emoción como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”. La envidia surge cuando nos comparamos con otra persona y concluimos que tiene algo que nosotros anhelamos. Es decir, que nos lleva a poner el foco en nuestras carencias, las cuales se acentúan en la medida en que pensamos en ellas. Así es como se crea el complejo de inferioridad; de pronto sentimos que somos menos porque otros tienen más.

El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender la futilidad de perturbarnos por lo que opine la gente de nosotros. Si lo pensamos detenidamente, tememos destacar por miedo a lo que ciertas personas –movidas por la desazón que les genera su complejo de inferioridad– puedan decir de nosotros para compensar sus carencias y sentirse mejor consigo mismas. 
Bajo el embrujo de la envidia somos incapaces de alegrarnos de las alegrías ajenas. De forma casi inevitable, estas actúan como un espejo donde solemos ver reflejadas nuestras propias frustraciones. 

Sin embargo, reconocer nuestro complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitamos canalizar nuestra insatisfacción juzgando a la persona que ha conseguido eso que envidiamos. Solo hace falta un poco de imaginación para encontrar motivos para criticar a alguien.

¿Y qué hay de la envidia? ¿Cómo se trasciende? Muy simple: dejando de demonizar el éxito ajeno para comenzar a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar sus sueños. Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye. Esencialmente porque aquello que admiramos en los demás empezamos a cultivarlo en nuestro interior. Por ello, la envidia es un maestro que nos revela los dones y talentos innatos que todavía tenemos por desarrollar. 

En vez de luchar contra lo externo, utilicémosla para construirnos por dentro. Y en el momento en que superemos colectivamente el complejo de Solomon, posibilitaremos que cada uno aporte –de forma individual– lo mejor de sí mismo a la sociedad.

martes, 2 de febrero de 2016

LOS 10 PASOS PARA ACEPTARSE Y QUERERSE TAL CUAL UNO ES.

Una psicóloga chilena entrega las claves para lograr una vida en plenitud.


¿Sabes cómo eres? 
¿Eres optimista o piensas que el mundo te odia y todo lo peor siempre te pasa?
¿Cuáles son tus virtudes y tus incapacidades?
¿Qué te gusta y qué odias de ti misma?
¿Estás contenta con tu apariencia física?
¿Qué imaginas que debieras hacer para sentirte feliz?

 Las preguntas inquisitivas las hace M. Josefina Honorato, psicóloga y directora del Centro Psicológico Reverie  antes de abordar los pasos que se debieran dar para aceptar y quererse tal como sé es. Su objetivo es poner en evidencia la importancia del grado de conocimiento interior que se maneja, ya que afirma que cualquier paso que se de tiene ir acompañado de ese movimiento hacia el interior.

Como primer paso, entonces, propone “conocerse”. “Suena fácil pero no lo es. Debemos identificar un sin número de aspectos de nosotros mismos que muchas veces se nos pasan desapercibidos”.
Agrega que falta tener más conciencia de quién se es, cuáles son los temores, anhelos, valores, prejuicios, conflictos y habilidades, entre otras cosas. Al conocerse, dice, la persona puede ir esbozando las características que tiene su personalidad y cómo responde habitualmente ante los hechos de la vida, basándose en estas características personales.

 Un segundo punto será identificar el “modo de funcionar y reaccionar”. Esto estará dado por las ideas y conceptos que se maneja tanto del mundo como de sí mismo. “Por ejemplo, si voy temerosa por la vida quiere decir que para nosotras el mundo es hostil y además, tenemos una visión de nosotros mismos como una persona débil, que debe ir siempre con cuidado para que no le hagan daño”.

Luego de ese paso, Mª Josefina Honorato, dice que será esencial identificar el tercer punto: “los patrones relacionales” que se tienen: “¿Cómo es que nos solemos relacionar con los demás?, ¿qué efectos causamos en los otros y como experienciamos a los otros? ¿Cómo es que siempre me rodeo de gente que me hace tal o cual cosa?”, cuestiona.

Analizar la biografía “Conocer la propia historia” es fundamental y se ubica en el cuarto paso. Las experiencias vividas, señala la psicóloga, son lo que en gran parte han marcado quién se es hoy, incluido el medio ambiente social, cultural, y por supuesto, las relaciones con los “objetos primarios”, es decir, nuestros padres o cuidadores. “Como seres humanos sociales creamos nuestra imagen mediante el "espejamiento” y formamos las ideas de nosotros mismos, según lo que nos refleja el otro.

Por lo general, nuestros padres durante la infancia, luego los amigos, posteriormente la pareja”, dice la directora de Reverie. Reflexiona, que cuando hay dificultad en el logro del amor propio indica, que hay raíces en el pasado de experiencias negativas que se quedaron incrustadas en el modo de verse. Estos primeros movimientos serán la base para manejarse y aceptarse a sí mismo. Sin embargo, no tienen un orden, ya que cada uno está intrincado en una relación dialéctica con los otros, aclara la psicóloga. Los que siguen están relacionados con ser consecuente con los propósitos de cómo querer la vida.

Proyectarse en positivo “Abrazar a la mujer que soy, amarme, valorarme y respetarme” está como quinto paso. Dar la debida importancia a lo que los demás digan u opinen, porque cada uno es, finalmente, quien más se conoce.

Mientras que el sexto, tiene que ver con “enfrentar miedos y pedir ayuda”. Ser consciente de los temores es la principal herramienta para enfrentar cualquier fragilidad. Además, se puede recurrir a los amigos e incluso a un terapeuta, que ayude a ver la situación desde otra perspectiva o simplemente, que pueda acompañar. “Los fuertes no son quienes no sufren y salen adelante, fuertes son los que pese al sufrimiento, logran salir y superar las vicisitudes de la vida y aprenden de esto” afirma Mª Josefina.

El séptimo, está relacionado con comenzar a “tomar las propias decisiones y elecciones”. A pesar que no se obtenga el resultado esperado, el camino que se recorra, servirá para aprender a hacerlo cada vez mejor.

 “Aceptar el cuerpo” es el octavo. “Comer sano, hacer ejercicios y dejar de lado el automaltrato. La mala alimentación y los excesos son, en parte, un síntoma del autocastigo con el que a veces nos tratamos”, alerta la psicóloga. 

El noveno paso es “proponerse tener buenas y sanas relaciones”. Saber que cuando digo algo o tengo ciertas reacciones puedo herir mi autoestima o a los demás. El respeto y autorespeto será la clave y el impulso para sanar aquello que duele y que impide ser feliz con otro. “Dejar atrás los ‘ay, pero que estúpida, como se me pudo olvidar’ o ‘con lo tonta que soy, seguro que me van a pasar gato por liebre’”, ejemplifica. 

Para finalizar, Mª Josefina Honorato dice, que el décimo se muestra como una síntesis. “Cambiar de actitud y ser consecuente con uno mismo”. Decretar cómo se quiere vivir: plena, feliz y segura de quién sé es y aceptando el desafío, de que cualquier nueva experiencia, servirá para poner en práctica todo lo aprendido. 



Fuente: Emol.com