lunes, 21 de marzo de 2016

LOS OCHO TEMORES MÁS IRRACIONALES QUE PARALIZAN A LOS ADULTOS

La psicología humana se afinó hace miles de años, cuando tenía sentido inquietarse ante el riesgo de que algo nos atacase mientras hacíamos nuestras necesidades o un depredador acechara en el bosque. Estos son los miedos atávicos que heredamos de nuestros ancestros y que la evolución no ha podido borrar.



Hace un año, el ilustrador y profesor del Instituto de Artes de California Fran Krause pudo comprobar que nuestras inquietudes se siguen pareciendo a las que experimentaron nuestros tatarabuelos del Paleolítico. Krause pidió a sus seguidores online que le enviaran una lista con las sensaciones que les producían mayor de­sasosiego en su día a día. La sorpresa es que, en pleno XXI, lo que sigue desvelando a la mayoría son reflejos que adquieren autonomía en el espejo, sombras que cobran vida, accidentes improbables pero perturbadores, fenómenos de la naturaleza que parecen empeñados en volvernos locos… 


Hay mecanismos neuropsicológicos, desarrollados hace milenios, de los que la evolución humana no ha podido desprenderse aún, asegura Luis Muiño en el artículo Los ocho temores más irracionales que firma en la revista Muy Interesante n.º 418 del mes de marzo. Como señala Richard McNally, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard, nuestra especie aprende con rapidez a temer las serpientes, las arañas y los acantilados. Cualquier asociación negativa potencia esas prevenciones, porque estas quizá ayudaron a sobrevivir a nuestros antepasados. Sin embargo, estamos menos predispuestos a sentir zozobra ante las amenazas de la electricidad, las armas, los coches o el tabaco, mucho más nocivos en potencia para la salud actual.

La pervivencia de tales sensaciones demuestra que conservamos un hardware biológico que nos conmueve ante determinados fenómenos. Para investigar cuáles son estos miedos y qué los causa, Luis Muiño ha confeccionado una lista con las ocho imágenes perturbadoras más habituales y ha buscado sus explicaciones psicocientíficas: ser enterrado en vida, oír voces en el viento, que salga un bicho del retrete, sufrir fobia social, mal rollo con los espejos. sentir que algo nos corroe por dentro. los peligros que esconde la oscuridad y toparse con seres de otro mundo en el bosque.

El pánico a ser enterrado vivo. En el caso del miedo a recibir sepultura en muerte aparente tiene tal fuerza que incluso existe una palabra para designarlo: tapefobia. Y como muchas aprensiones que glosamos en estas páginas, antaño tuvo su razón de ser porque podía ocurrir, comenta Luis Muiño. En las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, por ejemplo, se redactaban largos testamentos con instrucciones para impedirlo; había quien pedía ser decapitado antes de que le echaran paladas de tierra encima. Los ataúdes con sofisticados métodos para avisar en caso de que se produjera un fatal malentendido hicieron furor.

Pero con los avances de la medicina moderna, esa inquietud dejó de tener sentido. Aun así, el cantante Manolo Escobar insistió hace poco a sus allegados de que comprobasen su muerte antes de llevarlo al cementerio, según contó su hija.¿Por qué sigue estando tan presente en el imaginario colectivo? La razón principal es la difusión de leyendas urbanas sobre el asunto. Jan Harold Brunvand, profesor emérito de la Universidad de Utah, recuerda que la trasmisión de miedos se produce en gran parte a partir de supuestos sucesos que pocos han presenciado. Este tipo de rumores presentan dos características: se refieren a circunstancias que tocan nuestra fibra sensible y tienen zonas oscuras. En efecto, casi nadie sabe lo suficiente de medicina como para desmentirlos taxativamente.


Además, los bulos deben poseer morbo, aspectos llamativos que estimulen nuestra mente. Los temas que nos fascinan están relacionados con fenómenos a medio camino entre dos etiquetas que se suponen incompatibles, como lo vivo y lo muerto, la verdad y la mentira. No es de extrañar que la posibilidad de ser enterrado vivo haya dado lugar a tantas ficciones: desde relatos como El entierro prematuro (1844), de Edgar Allan Poe, hasta películas como Buried (2010). Pero el murmullo se irá apagando a medida que podamos reírnos de él.

lunes, 14 de marzo de 2016

¿DETESTAS RUBORIZARTE CON FACILIDAD?. QUIZÁS CAMBIES DE IDEA...


verguenzaQué fastidio cuando nos ponemos rojos, y además nos lo dicen. La situación empeora entonces, porque más bochorno nos da y más rojos nos ponemos. El solo hecho de que nos adviertan que estamos sonrojándonos, aunque esto no sea cierto, ya es suficiente para provocarnos esta reacción fisiológica, según las últimas investigaciones.

El rubor facial es un indicador no verbal de que la persona está experimentando la emoción de pudor o vergüenza intensa en presencia normalmente de otras personas. Percibimos cierta incomodidad y temor a hacer el ridículo y nuestro sistema nervioso simpático se hiperactiva, el ritmo cardíaco se acelera y el calor invade nuestro rostro. También está asociado a ciertos niveles de sorpresa, ira, alegría y excitación sexual.

Para algunas personas es ciertamente un problema grave y desarrollan una conducta fóbica (eritrofobia) que les impide relacionarse con facilidad y condicionan sus vidas por miedo a la ansiedad que les produce ruborizarse. Tal es el grado de terror ante esta situación que muchos se deciden por una intervención quirúrgica para evitarlo, mediante la simpatectomía endoscópica torácica (¡ahí es nada!), normalmente utilizada también para paliar la hiperhidrosis (exceso de sudoración).

Lo que quizás no sepan estos sufridores es que sonrojarse tiene ciertas ventajas sociales, concretamente en cómo nos perciben los demás cuando lo hacemos. Y es que este enrojecimiento tiene tres características que lo hacen especial: no lo podemos controlar, es imposible de fingir y es una característica únicamente humana; no hay animal en el mundo que se sonroje cuando sienta pudor.

El rubor es lo contrario a la frialdad, a la intención de manipular, es algo que una inteligencia maquiavélica y oscura, con malas intenciones, no haría jamás. Por tanto, hay evidencias experimentales de que preferimos a la gente que se ruboriza, para quién se sonroja en público, automáticamente se le asocian características como la calidez humana, la sinceridad y la honestidad, se perciben como personas más cooperativas e incluso, resultan más atractivas.

“Tras una transgresión, percibimos como más empático y digno de confianza a alguien que se pone colorado”, explica Peter J. de Jong, profesor de psicología experimental en la Universidad de Groninga (Holanda) en su libro The psychological significance of the blush’.

En esta línea, un estudio de Peter Drummond, profesor de psicología de la Universidad de Murdoch (Australia) y uno de los científicos que más ha publicado sobre el tema, ha demostrado que el rubor se produce independiente del color de la piel, “aunque la gente con piel más oscura se preocupa menos de sonrojarse que la de piel clara” asevera el experto. “Así mismo, las mujeres se sonrojan un poco más que los hombres, pero todavía no sabemos por qué”.

Por tanto, si esta reacción antes indeseable te vuelve a ocurrir, recuerda que estás mostrándole a tu interlocutor tu lado más humano y que evocarás en él confiabilidad, calidez y bondad. Podría ser especialmente interesante si detectáramos esta conducta en alguno de nuestros representantes políticos, aún después de un acto socialmente reprochable, podríamos inferir un resquicio de arrepentimiento, de sentimiento real de culpa y de aflicción sincera ante la falta cometida y serían percibidos por la ciudadanía como seres más naturales, francos y veraces.

Está difícil pero seguiremos atentos…



lunes, 7 de marzo de 2016

MÁS DE 100.000 ESTUDIANTES DE ESO SUFREN ACOSO EN ESPAÑA

"El insulto es la manifestación más recurrente del acosos según una encuesta de ‘Save the Children’.

“Todo empieza cuando... tenia unos 9-10 años, no me acuerdo muy bien. (…) Y ya en clase me hicieron bullying porque no sabía hablar español. (…) En la escuela supieron cual era mi correo electrónico y empezaron a enviarme correos diciéndome que era un inútil, que era un pringao...(…) Nunca contaba nada a mis padres... con mis padres no había mucha relación, no busque su apoyo, sentí que no tenía el apoyo de nadie...Un día pedí ayuda a los profesores, lo pasaron por alto... entonces me empezaron a pegar…El bullying fue a más... los que me hacían bullying tanto físico como ciberbullying eran chicos, se sentían poderosos, se reforzaban entre ellos, todo era porque querían ser más, los más...El bullying que me hacían consistía en perseguirme hasta casa, pegarme, quitarme las cosas, mandarme cartas insultándome...Me robaban los apuntes, los libros, me destrozaron tres mochilas, llegaba con moratones a casa...”

Este es Jaspel, de 20 años, un joven que sufrió acoso escolar en silencio durante los dos primeros años de la ESO. Este joven, que ahora tiene 20 años, forma parte de ese casi 10% de estudiantes que sufre acoso, tanto físicos como a través de las redes sociales, según un trabajo presentado esta mañana por la oenegé Save the Children. El informe, basado en las encuestas realizadas a 21.487 alumnos de entre 12 y 16 años (ESO) de institutos públicos, señala que un 9,3% de los estudiantes encuestados considera que ha sufrido acoso tradicional en los dos últimos meses. Un 6,9% se considera victima de ciberacoso. En número absolutos, ambas formas de violencia infantil afectarían a 111.000 y 82.000 adolescentes estudiantes en centros públicos.

El acoso escolar todavía está muy presente en las aulas
El acoso escolar todavía está muy presente en las aulas (GYI - GYI)
El insulto es la manifestación más recurrente del acoso: seis de cada diez estudiantes reconoce que alguien les ha insultado y más de dos de cada diez lo sufre frecuentemente. Además de sufrir insultos directos o indirectos, un acosado puede ser victima de rumores, robo de sus pertenencias, amenazas, golpes o exclusión. Cuando el acoso sucede en las redes, es también el insulto la forma de violencia más recurrente: en los últimos dos meses uno de cada tres niños y niñas ha sido insultado por internet o móvil.
Ciberacosadores 

Entre las manifestaciones de acoso relacionadas con nuevas tecnologías y a modo de ejemplo, un 6,3% reconoce que alguien ha pirateado su cuenta en redes sociales y se ha hecho pasar por él o ella. En cuanto a los adolescentes que acosan, un 5,4% de los encuestados reconoce haberlo hecho y un 3,3% reconoce ser responsable de ciberacoso. Aplicando estos porcentajes al total de los estudiantes de ESO de institutos públicos, 64.000 y 39.000 alumnos se reconocen como acosadores y ciberacosadores respectivamente. La mitad de los encuestados reconoce haber insultado o dicho palabras ofensivas a alguien, y uno de cada tres ha agredido físicamente a otro menor de edad.

Uno de cada cuatro ha insultado usando internet o el móvil, y casi uno de cada diez ha amenazado a otro menor. “Es evidente la necesidad de medir este fenómeno para saber como abordarlo y poner los recursos adecuados para su solución. Al mismo tiempo, es esencial reducir el riesgo de exagerar el alcance de este tipo de violencia, ya que podría causar sobreprotección o medidas coercitivas desproporcionadas, pero también debemos ser cautelosos con la negación de esta violencia cuya consecuencia mas grave es que sus víctimas pasen desapercibidas”, señala Andrés Conde, responsable de Save the children.
El acoso entre iguales (bullying) y el ciberacoso (ciberbullying), son formas de violencia contra los niños y niñas cuya existencia no es novedosa en los centros educativos, ya que se sufre desde hace mucho tiempo. Pero el acoso o el ciberacoso también se producen más allá del ámbito escolar, aunque muchas veces se detecten o tengan repercusiones directas en la vida escolar. La escuela no es la causante ni el único lugar donde se gesta esta violencia, sino mas bien parte de la solución, pues la educación y el entorno educativo son claves para combatir este tipo de violencia”, añade Conde."

Celeste López

domingo, 6 de marzo de 2016

UNA ESTRATEGIA EMOCIONAL PUEDE AYUDAR A LOS ADOLESCENTES A GANAR SIN PELEAR

Desde peleas con los mejores amigos a comentarios de odio en aplicaciones anónimas, los adolescentes a menudo se dejan llevar por sus enérgicas reacciones emocionales.   Por mucho que los adultos significativos en sus vidas intenten, es imposible protegerlos completamente de las situaciones de enojo o perturbadores que inevitablemente conlleva el crecimiento. Sin embargo, algunos adolescentes parecen gestionar mejor sus emociones negativas durante tiempos difíciles mientras que otros cavilan y cavilan, la pregunta obvia es ¿por qué? Una nueva investigación revela que todo depende en gran medida en como el adolescente enfoca la situación.
Los investigadores querían saber por qué algunos jóvenes aprenden a gestionar sus emociones más eficientemente, encontraron que aquellos que mentalmente eran capaces de dar un paso atrás de su propio punto de vista cuando piensan en algo preocupante pueden hacerle frente a sus emociones negativas con mayor eficacia y por tanto resultan menos molestas para ellos.
El estudio fue realizado por investigadores de la Universidad de Pennsylvania y la Universidad de Michigan, fue publicado en la revista Child Development.
Los investigadores encuestaron a 226 adolescentes entre los 11 a 20 años de edad acerca de un evento reciente que los enfureció extremamente, tal como una pelea. Estos adolescentes luego reflexionaron sobre sus experiencias y por qué consideraron que sintieron tanta ira.   Ellos les dijeron a los investigadores lo que sucedió y compartieron sus sentimientos acerca del evento. 
Los investigadores estaban interesados en cómo estos adolescentes se distanciaban de la situación ahora que ellos reflexionaban acerca de ella en retrospectiva.   Realizaron preguntas tales como: “Cuándo viste de nuevo la pelea en tu imaginación hace unos minutos, ¿cómo te sientes si la ves desde tus propios ojos, en comparación si lo ves a la distancia (como verte a ti mismo en una película)?” Y ¿cuándo viste la pelea de nuevo en tu imaginación hace unos momentos a que distancia te sentiste de esta?
Observar la experiencia desde otra perspectiva como si fuera una película, permitió a los jóvenes sentirse menos molestos que los que simplemente experimentaron el conflicto desde su propia óptica. Los adolescentes que dieron un paso atrás desde su propio punto de vista fueron capaces de reconsiderar su experiencia con una nueva visión,  fueron más propensos a reflexionar y recapacitar sobre lo sucedido de una manera significativa y además disminuyo la tendencia a recavilar sobre los acontecimientos perturbadores en sus mentes, aunque ello no implicó que fueran más proclives a perdonar.
En comparación quieres solo reflexionaban desde su propia perspectiva eran más dados a culpar a las otras personas involucradas los que les generaba más angustia emocional.
Investigaciones realizadas previamente con adultos evidencian que el auto-distanciamiento ayuda a la autoreflexión adaptativa, sin embargo no existían investigaciones con adolescentes sobre si estos espontáneamente se involucraban en dicho proceso o si al realizarlo lograban algún resultado.
La autora principal del estudio la doctora Rachel E. White afirmó al respecto:
"Mentalmente, dar un paso atrás desde un evento no significa que los jóvenes evadan sus problemas.  De hecho, ellos están tratando sus dificultades de una manera más adaptativa.  Los resultados muestran que los adolescentes pueden emplear estrategias de auto-distanciamiento de la misma manera que los adultos.  También sugiere que la adolescencia es crítica para el desarrollo de esta forma de regular las emociones.”
En conclusión la enseñanza de estrategias de auto-distanciamiento en adolescentes podría ayudarles a manejar mejor situaciones difíciles en esta etapa de la vida.   Así que la próxima vez que ellos se estén sintiendo enojados por algo, solicíteles que se salgan de sus propios zapatos por un momento y consideren la situación como un observador externo lo haría. Un tiempo de espera emocional de la experiencia puede darles la capacidad de pensar más lógica y marcar la diferencia.