La teoría primal es, simultáneamente, una teoría psicológica
evolutiva que destaca la influencia de la forma que asumen las
interacciones tempranas entre los padres y sus hijos sobre la
estructuración de la personalidad del individuo , y una teoría de los
procesos dinámicos que están involucrados en la génesis de la neurosis.
1. La realidad básica que enfrenta cada ser humano, desde el primer
instante de su concepción hasta el último día de su vida, es el hecho de
que presenta una serie de necesidades que demandan ser satisfechas.
Podemos llamar a las más elementales y profundas de ellas, necesidades
primales (Janov, 1970), y distinguir dentro de éstas entre aquellas que
resultan de las funciones corporales que el feto y el niño aún no pueden
controlar por sí mismos y un conjunto de necesidades psicoemocionales
que están al servicio del desarrollo del yo (Winnicott, 1960a; Kohut,
1977; Miller, cit. en Bradshaw, 1990a; Bradshaw, 1990a). Ambos tipos de
necesidades, cuyas manifestaciones iniciales comienzan in utero, son
disposiciones innatas que deben ser tomadas en cuenta a la hora de
permitir que el crecimiento adopte un curso favorable.
Hay cierto acuerdo respecto de que los requerimientos físicos y
fisiológicos primordiales del niño incluyen, como mínimo, cuidado,
alimento, calor, abrigo y el mantenerse seco (Janov, 1970; Covitz, 1990;
Bradshaw, 1990a; Hoffman, 1991). En torno a las necesidades
psicológicas y emocionales nos encontramos con menos consenso, pero esto
quizás pueda ser interpretado como una mera diferencia del lenguaje
empleado para describir fenómenos similares. Las aportaciones más
psicoanalíticas subrayan el sostén (es decir, un ambiente facilitador
capaz de entender y apoyar el proceso de individuación), la resonancia
empática y el reflejo emocional, concluyendo que la necesidad psíquica
fundamental es la de SER (Winnicott, 1960b, 1963; Balint, 1968; Guntrip,
1971; Kohut, 1977). Desde otras orientaciones teóricas se toman además
en consideración los siguientes aspectos: bienvenida al mundo; vínculo,
contacto y estimulación; crecer al propio ritmo; ser visto, considerado,
admirado, valorado y tomado en serio por lo que se es, en todo momento;
saber que importamos y que podemos contar con el amor incondicional de
nuestros padres; saber que ellos son capaces de cuidarnos y que no
seremos abandonados; atención, aprobación, afecto y caricias;
comprensión, aceptación y respeto; protección, seguridad, juego y
diversión; experimentar, mirar, tocar y explorar; comunicación,
dirección e inspiración; y, por supuesto, paciencia, cariño y amor
(Janov, 1970; Miller, 1979/1994; Whitfield, 1987; Bradshaw, 1990a;
Covitz, 1990; Krishnananda, 1998, 1999).
2. El niño emerge desde y hacia un mundo cuya estructura intrínseca
es relacional, un espacio en el cual siempre depende de un otro para
poder sobrevivir. Dicho de otra forma, su supervivencia física depende
de que sus cuidadores primarios satisfagan sus requerimientos
fisiológicos y corporales, y su supervivencia psicológica está sujeta a
la satisfacción de sus necesidades psicoemocionales. Los estudios del
analista Renè Spitz han demostrado que un lactante, deprivado de una
relación cercana e íntima en una etapa muy precoz de su vida, puede
efectivamente morir (Spitz, 1965). Cuando pequeños somos, por
naturaleza, vulnerables, indefensos y dependientes.
En algún momento, el medio ambiente que nos sostiene, representado en
un principio por nuestra madre, frustrará, al menos hasta cierto grado,
la satisfacción óptima de una o varias de nuestras necesidades
primales. Este hecho puede ser comprendido como consecuencia de alguna o
varias de las siguientes tres circunstancias: en primer lugar, existe
la posibilidad de que el infante manifieste necesidades biopsicológicas
constitucionales excesivas (Balint, 1968), situación que hace imposible
evitar la frustración. En segundo lugar, también es posible que los
figuras parentales actúan como lo hacen porque no se les ha enseñado a
ser buenos padres (Covitz, 1990). En tercer lugar, y la evidencia
clínica apoya más bien esta última explicación, es probable que quienes
están a cargo del niño no crecieran en condiciones ideales, exhiban
ellos mismos necesidades infantiles insatisfechas y las proyecten en el
niño, junto a sus fantasías y deseos relacionados, de modo inconsciente
(Janov, 1970; Kohut, 1977; Miller, 1979/1994; Whitfield, 1987; Bradshaw,
1990a; Emerson, 1996; Firman & Gila, 1997).
Debido a esta proyección, los padres están centrados en sus propias
insuficiencias y, en este sentido, son incapaces de reconocer las
necesidades de sus hijos, o bien no les parece prioritario actuar de
acuerdo a ellas. Buscan inconscientemente lo que no obtuvieron en su
infancia y así nos valoran por lo que podemos hacer para llenar sus
propias carencias y no por lo que somos, constituyendo al interior del
vínculo lo que se ha llamado falla empática o falla ambiental (Kohut,
1977; Winnicott, 1988).
El niño, que cuenta con una asombrosa capacidad para captar y
responder de manera intuitiva a las necesidades de sus progenitores,
reconoce pronto que la relación que ha establecido con sus figuras
paternas es condicional y que debe emplear todos los recursos que tiene a
su disposición para suplir las insuficiencias infantiles de éstos con
el fin de asegurar su propia supervivencia, sobre todo en el plano
psicológico (Miller, 1979/1994; Bradshaw, 1990a).
Cuando es capaz de gratificarlos, ve satisfechas, aunque a menudo de forma incompleta, sus necesidades primales.
Charles Whitfield resume algunos de los escenarios familiares comunes
que facilitan la ocurrencia de conductas negligentes respecto de los
requerimientos de los niños: alcoholismo o dependencia química de algún
miembro de la familia; enfermedad mental o física crónica de algún
miembro de la familia; codependencia ; violencia intrafamiliar y abuso
verbal, físico, sexual, emocional, etc.; otros tipos de disfunción
familiar; negación de la realidad y los sentimientos; y, por último,
rigidez extrema, límites poco claros y tendencia al enjuiciamiento
(Whitfield, 1987). Todos estos ambientes se definen, en términos
generales, por la arbitrariedad y la incoherencia.
Otro tanto han hecho Renè Spitz y el psiquiatra Thomas Verny al
describir algunas de las actitudes y sentimientos de la madre hacia su
embarazo y su bebé que perturban su capacidad para establecer una
relación saludable con éste. Insisten en que los afectos crónicos,
conscientes o inconscientes, de ambivalencia, rechazo, ansiedad o rabia
acerca de su maternidad, como también oscilaciones rápidas de la madre
entre mimos y hostilidad agresiva, cambios cíclicos en su ánimo o
conductas frecuentes de sobreprotección, son fuentes constantes de
frustración de las necesidades primales de sus hijos (Spitz, 1965; Verny
& Kelly, 1981).
3. En cuanto alguna de las necesidades del niño no se ve satisfecha
durante algún tiempo, éste experimenta un estado de deprivación que, en
caso de prolongarse más allá de ciertos límites, le genera gran
sufrimiento y dolor emocional. Estas experiencias se hallan ligadas, de
manera íntima y profunda, a sentimientos de miedo, pánico y terror que
provienen de la amenaza de no sobrevivir en el sentido físico y/o
psíquico.
Especialmente en torno a la más fundamental de nuestras necesidades
primarias, existir, requerimos de respuestas empáticas continuas por
parte de nuestros cuidadores para mantener la continuidad de nuestro ser
y la cohesión de nuestra sensación naciente de identidad personal
(Winnicott, 1962; Kohut, 1977; Firman & Gila, 1997). Construimos
nuestra sensación subjetiva de ser alguien inicialmente a partir de lo
que nos es “espejeado” [mirrored] en la primera relación que nos
envuelve. Pero, en vez de ver reflejada nuestra individualidad y
unicidad en ese vínculo, las expectativas y las deficiencias tempranas
de nuestros padres producen en ella fallas empáticas que llevan a que se
nos refleje una imagen de cómo deberíamos ser, con la cual nos
identificamos (Firman & Gila, 1997; Svarup & Premartha, 1999).
Es posible que comencemos a experimentarnos más como objetos que como
personas por derecho propio.
Las vivencias infantiles que hemos mencionado constituyen las
violaciones más tempranas a nuestra integridad y vulnerabilidad, y dan
lugar a lo que se ha llamado indistintamente trauma emocional
(Winnicott, cit. en Guntrip, 1971), herida narcisista del self (Kohut,
1977), herida del yo infantil (Abrams, 1990) y herida primal (Firman
& Gila, 1997), condiciones que pueden resultar de situaciones
traumatizantes abiertas (violencia, abuso, etc.) o encubiertas
(depresión de una figura paterna, baja responsividad hacia el hijo,
etc.). La herida primal es una especie de “hoyo energético” interno que,
desde el primer momento de su existencia, reclama de modo implacable
ser saciado, y en su núcleo abismal nos encontramos con sensaciones
intolerables de total aislamiento.
En sentido estricto, los eventos dolorosos no son traumáticos en sí
mismos, sino que se convierten en tales debido a la incapacidad de
nuestros cuidadores para reflejarnos la intensa vivencia de dolor
emocional que deriva de un estado de deprivación. Siguiendo este
razonamiento, los terapeutas Susanne Short y John Bradshaw sostienen que
precisamos que nuestro sufrimiento sea expresado y validado más que
evitado a toda costa (Short, 1989; Bradshaw, 1990b). Para el
psicoanalista Heinz Kohut, el paso por experiencias de frustración
óptima, adecuadas a la edad y no disruptivas, es decir, experiencias
cuyos componentes afectivos de miedo y dolor emocional son reflejados,
es condición indispensable para que la estructura de la personalidad
cristalice (Kohut, 1977). En resumen, el trauma es configurado por
aquello que el niño no puede experimentar de manera consciente, pero que
aún así es registrado en un nivel orgánico e incluso celular (Janov,
1970, 2000; Farrant, 1987; Farrant & Larimore, 1996).
El psiquiatra Thomas Trobe, alias Krishnananda, ha efectuado una
distinción entre tres tipos de insultos psíquicos profundos
(Krishnananda, 1998, 1999), que pueden ser entendidos como experiencias
reactivas secundarias al trauma original de la herida narcisista. En
primer lugar, se refiere al abandono y el vacío como vivencias tempranas
de colapso ante situaciones externas con un potencial traumático, que
probablemente se produjeron durante el primer año de vida. En segundo
lugar, señala al shock, condición en la cual reaccionamos, con el fin de
protegernos, a sucesos difíciles congelándonos y así perdiendo la
posibilidad de comunicarnos, hablar, pensar y, sobre todo, de sentir.
Esta reacción se ve acompañada de síntomas físicos como pulso acelerado,
sudor, parálisis, pecho apretado y dificultades para respirar, de una
sensación de confusión y de un sentimiento de pánico o amenaza
inminente. El shock es una respuesta del organismo que éste utiliza en
un nivel preverbal y precognitivo del desarrollo y que afecta a la
fisiología del cuerpo. En cambio, el efecto de la vergüenza o vergüenza
tóxica, la tercera reacción del niño a circunstancias traumatizantes,
recae más bien sobre la configuración de sus estructuras mentales y es,
en ese sentido, posterior al shock en términos biográficos. La sensación
de vergüenza, que en lo más íntimo equivale a la sensación de ser, en
esencia, defectuoso e imperfecto, proviene de la internalización de un
mensaje implícito en muchas de las interacciones con nuestros padres: no
estamos bien tal como somos, existen en nosotros aspectos que no son
aceptables (Whitfield, 1987; Krishnananda, 1998).
Algunas de las
expresiones vitales espontáneas del niño fueron rechazadas e
invalidadas, porque al resonar con las vivencias infantiles traumáticas
de sus cuidadores, éstos se vieron en la necesidad de cambiar la
experiencia de sus hijos para no entrar en contacto con sus propios
miedos y dolores ocultos. Estas acciones nos desconectan de nuestra
autenticidad y nos hacen desconfiar de lo que acontece en nuestro
interior, dando lugar a creencias negativas sobre nosotros mismos y a
sentimientos de humillación, inadecuación e inseguridad. A diferencia de
la culpa, sensación que depende de algo que se ha hecho, la vergüenza
se relaciona con lo que uno es, por lo que no es accesible la
reparación. De acuerdo a Krishnananda, todos hemos sufrido estas heridas
hasta cierto grado (Krishnananda, 1998).
4. Cuando después de un tiempo alguna de las necesidades del niño no
se ve satisfecha, el dolor, el miedo y la angustia que resultan del
estado de deprivación se vuelven intolerables para su frágil psique
porque el entorno no es capaz de reflejar su estado afectivo y
responderle empáticamente. La única solución de que disponemos en tal
circunstancia, es reaccionar, haciendo uso de los precarios recursos que
tenemos entonces a nuestro alcance, con el fin de asegurar nuestra
supervivencia física y psicológica.
Manejamos el sufrimiento
interrumpiendo la necesidad insatisfecha que lo genera (Janov, 1970),
acción que equivale a interrumpir la continuidad de nuestro ser
(Winnicott, 1960b). Esta interrupción consiste en una especie de
desconexión de parte de lo que el niño está experimentando internamente,
lo que consigue al escindir su propia experiencia y desterrar de su
consciencia la necesidad que ha permanecido insatisfecha y todas las
sensaciones y los sentimientos que están asociados a ella (Janov, 1970;
Fairbairn, cit. en Guntrip, 1971; Kernberg, 1977; Miller, 1979/1994;
Bradshaw, 1990a; Firman & Gila, 1997). Este proceso opera, de manera
simultánea, en dos niveles. En el nivel psicológico, hacemos uso de los
mecanismos intrapsíquicos de escisión y represión, y en el plano
físico, comenzamos a contraer la musculatura en determinadas áreas de
nuestro cuerpo, restringiendo la profundidad de nuestra respiración y
bloqueando así la posibilidad de expresión de nuestra energía emocional
(Janov, 1970; Lowen, 1975).
Toda esta compleja maniobra cumple con dos funciones paralelas: por
un lado, es un mecanismo defensivo psicobiológico contra una realidad
subjetiva catastrófica formada por el dolor emocional y el miedo y, por
otro lado, hace posible que preservemos un vínculo positivo con nuestras
figuras de apego. Esta segunda función es de gran importancia, ya que
el niño debe negar la idea de que sus figuras paternas nunca podrán
satisfacer algunas de sus necesidades, con independencia de lo que él
mismo pueda llegar a hacer. Se ve obligado a reprimir esta comprensión,
debido a que representa aún más dolor y sufrimiento. De este modo, hace
más tolerable su ambiente circundante idealizando a sus cuidadores y
cargando con la culpa de la frustración de sus necesidades (Miller,
1979/1994; Bradshaw, 1990a; Firman & Gila, 1997). Es aquí donde
comienza lo que Janov ha denominado la lucha neurótica, que consiste en
la tentativa inconsciente y continuada de agradar a los padres y otras
figuras de autoridad con el objetivo de finalmente ver satisfechas
nuestras necesidades. La lucha neurótica, por medio de la idealización
de nuestros padres y la defensa o justificación de su comportamiento,
nos permite alejarnos de nuestro dolor, aferrarnos a la idea de que
somos amados sin la imposición de condiciones y seguir conectados a la
ilusión de que actuando como actuamos, en algún momento conseguiremos
aquello que nos hace falta (Janov, 1970; Miller, 1979/1994; Hoffman,
1991; Krishnananda, 1998, 1999). Al mismo tiempo, empezamos a
representar y cumplir con los roles que de nosotros se esperan, aún
cuando estén en desacuerdo con nuestra realidad más íntima.
Los procesos de escisión y represión que hemos descrito marcan el
principio del proceso neurótico, que poco a poco se irá transformando en
una estructura neurótica más estable de la personalidad. En pos de la
supervivencia, aprendemos a desconfiar de nuestros propios sentimientos,
que existen para descargar la tensión que acumula el organismo y para
indicarnos la presencia de alguna necesidad (Janov, 1970; Miller,
1979/1994; Bradshaw, 1990a; Solter, 1996; Krishnananda, 1998). Con el
tiempo, perdemos la habilidad para reconocerlos y expresarlos, lo que
nos lleva a desconectarnos de nuestra verdad interna y a contener cada
vez más tensión. Comenzamos inhibiendo sólo aquellas de nuestras
emociones que ponen en riesgo la satisfacción de nuestras necesidades
por parte de nuestros padres, como el dolor o la rabia, pero a la larga
bloqueamos de manera inevitable nuestra capacidad general de excitación
emocional y, con ella, al menos en parte, todos nuestros afectos (Janov,
1970; Broder, 1976; Bradshaw, 1990a). Las necesidades insatisfechas y
los afectos inexpresados, aún cuando sean reprimidos, no desaparecen
nunca por completo ni dejan de influir sobre nuestra conducta. Más bien,
comenzamos a buscar, sin percatarnos de ello, gratificaciones
simbólicas sustitutorias para nuestras carencias. Esta dinámica se
autoperpetúa en el tiempo porque estas satisfacciones simbólicas
responden a necesidades neuróticas de reemplazo y no a nuestras
necesidades reales, con las cuales perdemos el contacto casi por
completo.
5. El proceso neurótico, que está constituido por los sucesos que
hemos especificado en lo que precede, paso a paso se cronifica y, de
esta forma, lo que alguna vez fueron reacciones circunscritas a
situaciones reales se automatizan, transformándose en estructuras
intrapsíquicas que determinan gran parte del comportamiento subsiguiente
del niño. Según Janov, existe una llamada escena primal, un cierto
evento delimitado que puede parecer de poca significación y no
traumático en sí pero que, sin embargo, desplaza el equilibrio interno
de la persona desde su naturalidad hacia el funcionamiento neurótico de
modo permanente (Janov, 1970). Por lo común, esta escena primal es un
punto de cristalización que simboliza y representa una larga cadena de
situaciones traumáticas anteriores o bien el contacto constante con las
personalidades heridas de nuestros cuidadores (Janov, 1970; Rowan, 1996;
Firman & Gila, 1997). Suele producirse entre los cinco y los siete
años de edad, cuando aprendemos a generalizar a partir de sucesos
concretos y a dar sentido a lo que nos ocurre y, debido a esta razón,
conlleva la penosa pero difusa sentencia “No soy querido por lo que soy y
no hay esperanzas de que alguna vez lo seré”. Esta dolorosa conclusión
hace inevitable la represión de la escena primal, manteniéndose el
evento desconectado de la experiencia del niño y sin experimentarse
totalmente. En este instante, el desarrollo vital se estanca o se ve
distorsionado, lo que se traduce en que la autenticidad del individuo en
crecimiento es desplazada, permaneciendo latente y sin realizarse
(Winnicott, 1960a; Janov, 1970; Miller, 1979/1994).
Es en este momento cuando emerge en nuestra psique lo que diferentes autores han calificado de falso self (Winnicott, 1959/1964, 1960a; Masterson, 1988; Rowan, 1996), self protector (Winnicott, 1960a), falso yo (Laing, 1960; Miller, 1979/1994; Whitfield, 1987), yo irreal (Janov, 1970; Broder, 1976), segunda naturaleza (Lowen, 1975), personalidad como-si (Miller, 1979/1994), yo codependiente (Whitfield, 1987) y capa de protección (Krishnananda, 1998). Con ello, se instaura un doble sistema del yo en nuestra personalidad, ya que en contraposición al sistema del falso self se establece simultáneamente un self verdadero o yo real. Cuanto mayores hayan sido las “agresiones” de nuestros padres hacia nosotros, tanto mayor será el abismo entre yo real e irreal.
El self verdadero surge, en un comienzo, de los tejidos y las
funciones del cuerpo, está conformado por nuestras necesidades y
nuestros sentimientos reales y reúne los detalles de la experiencia de
estar vivo (Winnicott, 1960a; Janov, 1970). Sabe utilizar las energías
psicosomáticas del organismo para la autoexpresión y la autorrealización
en las relaciones interpersonales que lo envuelven. Puede integrar los
múltiples aspectos de nuestra vida formando una unidad y cuenta con las
siguientes capacidades: experimentar una amplia gama de sentimientos de
manera profunda; desarrollar contactos interpersonales íntimos;
enfrentar los desafíos de la vida con creatividad y espontaneidad; estar
solo; ser honesto y vulnerable; ser capaz de entregarse y de confiar;
permitir la existencia de una sensación continua de identidad y ser
capaz de crecer (Whitfield, 1987; Masterson, 1988; Bradshaw, 1990a).
Como hemos mencionado, el yo real, por lo común, no se puede diferenciar
de modo adecuado porque no puede ser vivido y así, nuestro acceso a él
tiende a ser limitado.
Varios autores han advertido el peligro de atribuirle, por medio de
la proyección y la idealización, a un supuesto niño pretraumatizado las
capacidades del self verdadero, dado que algunos de ellos consideran que
éste, en realidad, habita un mundo de lo inmediato, depende de los
valores y significados de otros, es egocéntrico y vive en un universo de
fantasía estructurado en base a creencias mágicas (Loudon, 1979; Stein,
1987; Bradshaw, 1990a). Tomando en cuenta estas importantes
consideraciones, me parece factible asumir la postura de que el niño,
desde el principio, cuenta con el potencial para desarrollar un self
verdadero y convertirse en una persona entera. Para que este potencial
innato se realice en plenitud, el individuo necesita de un ambiente
facilitador que permita que esto ocurra, ambiente ideal del cual, la
mayoría de las veces, no disponemos en nuestra infancia.
El falso self es un sistema biopsicológico sobreimpuesto que cumple
con la función capital de proteger la vulnerabilidad del self real ante
las fallas empáticas que se producen en la relación del niño con sus
figuras de apego y sus consecuencias emocionales, posibilitando la
supervivencia con un mínimo de incomodidad (Winnicott, 1960a; Janov,
1970; Bradshaw, 1990a; Krishnananda, 1998). Es capaz de desviar las
energías emocionales perturbadoras hacia determinadas actividades
(pensar, comer, hablar, etc.), lo cual nos proporciona una sensación de
seguridad porque mantiene el miedo y el dolor a distancia. El yo irreal
está constituido, en términos generales, por las pautas de conducta, los
estados de ánimo y los rasgos de personalidad que hemos adoptado de
nuestros padres para no superarlos, con la esperanza de que eso les
sirva de motivación para satisfacer nuestras necesidades (“Soy igual que
ustedes. ¿Me aceptarán ahora?”). A nivel fisiológico, este sistema nos
afecta crónicamente de diversos modos, por ejemplo reprimiendo o
sobreestimulando el sistema endocrino, o también ejerciendo cierta
tensión persistente sobre los órganos internos (Janov, 1970).
Desde el yo irreal, nuestro comportamiento se basa en el control, la
conformidad y la sobreadaptación a las circunstancias (Winnicott, 1960a;
Lowen, 1975; Miller, 1979/1994), mientras tiende a la satisfacción
inmediata pero indirecta de nuestras necesidades. Desarrollamos una
serie de expectativas y estrategias con el fin de afectar a los otros
para que modifiquen su comportamiento y nosotros consigamos lo que
queremos, tales como demandar y exigir, manipular, culpar, mendigar y
vengarnos. Nos instalamos en el mundo con patrones habituales de
compensación, que protegen nuestra vulnerabilidad herida, complaciendo a
los otros y armonizando las situaciones conflictivas, controlando y
haciéndonos cargo de otros, peleando y rebelándonos continuamente, o
retirándonos y refugiándonos en nosotros mismos. El falso self nos hace
estar y actuar de forma insensible, despreciadora, tensa, inhibida,
crítica y perfeccionista. Junto a la escena primal y la fracturación del
self total en yo real e irreal, se escinde también el sistema de
recuerdos. Los recuerdos reales se encuentran desde entonces normalmente
reprimidos, mientras que los recuerdos irreales sirven de pantalla y
filtro de la experiencia (Janov, 1970; Miller, 1979/1994). Cualquier
vivencia que resuene con los sentimientos y las necesidades que han sido
reprimidas, es censurada y descartada. Así, la persona se priva a sí
misma de una amplia gama de experiencias vitales y reacciones
emocionales como la envidia, los celos, la impotencia, la rabia, el
miedo, etc. (Miller, 1979/1994; Covitz, 1990).
6. Con el tiempo, nos identificamos de manera tan estrecha con el
falso self, que perdemos casi por completo la noción de que, en esencia,
este falso yo no es más que una estrategia de supervivencia que
desarrollamos para defender nuestra integridad psíquica y física frente a
circunstancias que no podíamos cambiar (Miller, 1979/1994; Bradshaw,
1990a; Krishnananda, 1998, 1999; Svarup & Premartha, 1999). El
proceso neurótico se transforma de modo permanente en una estructura
neurótica de carácter que, en su núcleo, alberga un conflicto irresuelto
entre el self verdadero y el falso self . Este último reprime al
primero y transmuta las necesidades reales del organismo en necesidades
neuróticas, por lo que la gratificación puede realizarse sólo
simbólicamente.
Evitamos así el dolor y el profundo miedo que emanan de
la herida primal, pero también imposibilitamos la satisfacción real de
lo que, en secreto, anhelamos. Todo el espectro de las conductas
neuróticas y disfuncionales comparten esta misma causa fundamental y
pueden ser consideradas como comportamientos simbólicos de defensa
contra sufrimiento psicobiológico excesivo.
Entre las formas principales en las cuales la represión de nuestras
necesidades originales y del dolor y el miedo primales nos afectan con
posterioridad en la adultez, se cuentan: (a) narcisismo (sentido dañado
de identidad); (b) desconfianza generalizada ante el mundo; (c)
necesidad de estar siempre en control de las situaciones; (d)
reactuación inconsciente de los sucesos traumáticos del pasado en el
presente; (e) interiorización (infligirnos a nosotros mismos el abuso
sufrido en la infancia, como en los síntomas psicosomáticos); (f)
grandes dificultades para experimentar verdadera intimidad en nuestras
relaciones interpersonales, miedo al compromiso, miedo al abandono y
aislamiento; (g) codependencia, o bien antidependencia y falsa autonomía
(codependencia compensada); (h) búsqueda continua de la aprobación de
personas que representen a los padres; (i) miedo al rechazo, a la
presión y al abuso físico o energético; (j) frustración, rabia
destructiva, tendencias autodestructivas, agresión, violencia y
consiguientes ofensas a terceros (infligir a otros aquello que hemos
sufrido), que pueden ser entendidas como reacciones secundarias a la
herida narcisista; (k) contaminación del pensamiento por vestigios
infantiles (creencias mágicas, egocentrismo, razonamiento emocional,
generalización indiscriminada, etc.); (l) ansiedad, impulsividad y baja
tolerancia a la frustración; (m) adicciones y compulsiones de todo tipo;
(n) sentimientos y reacciones frecuentes de vergüenza, culpa,
inadecuación, inseguridad, duda, celos, shock y abandono; (o)
negatividad, resentimiento, cinismo y amargura; (p) miedo a cambiar y a
lo desconocido; (q) apatía, depresión, sinsentido, confusión, soledad,
desesperanza y vacío; (r) falta de autoestima y desvalorización
personal; (s) sentimientos de tener que demostrar algo, de estar
constantemente a prueba y de no pertenecer; y, (t) sensaciones de
falsedad, irrealidad, extrañeza, futilidad, hipocresía y absurdo, que
surgen cuando el falso self es tratado como el self verdadero (Guntrip,
1971; Kohut, 1977; Miller, 1979/1994; Masterson, 1988; Bradshaw, 1990a,
1990b; Abrams, 1990; Covitz, 1990; Hoffman, 1991; Firman & Gila,
1997; Krishnananda, 1998, 1999).
El neurótico vive en una situación infantil no resuelta y reprimida
que lo hace temer y evitar peligros que alguna vez fueron reales, pero
que ya no son amenazas efectivas para su supervivencia física o
psicológica. Es incapaz de concluir que, en el presente, nada terrible
le sucederá. Ante acontecimientos que de alguna u otra manera resuenan
con las heridas que ha sufrido en su infancia, el bloqueo de la energía
emocional se intensifica con propósitos defensivos y la persona repite
una y otra vez los patrones conductuales reactivos que en otro momento
fueron adaptativos, pero que han dejado de serlo (Janov, 1970; Miller,
1979/1994; Whitfield, 1987; Bradshaw, 1990a; Krishnananda, 1998). Así,
el neurótico actúa impulsado por recuerdos, sentimientos y necesidades
primales reprimidas y de continuo espera rechazo, castigo y abandono,
mientras que, al mismo tiempo, sus expectativas y patrones neuróticos de
comportamiento reproducen en su vida los escenarios que más pretende
esquivar (Miller, 1979/1994; Grof, 1985; Emerson, 1996; Krishnananda,
1998, 1999). Ha construido un sistema más o menos rígido de creencias
limitantes que determina su visión del mundo y de sí mismo, y también un
sistema de recuerdos irreales que actúa como filtro, mediando el
impacto de las experiencias que atraviesa y permitiendo la entrada sólo a
aquello que no guarde alguna similitud con los recuerdos primales
reales. De esta manera, el miedo lo lleva a mantener la desconexión del
dolor para defenderse de su emergencia.
El yo irreal transforma el dolor primal en tensión y ésta se
encuentra difusa en el organismo, afectando a los órganos, los músculos,
la sangre, el sistema linfático, la voz y la fisonomía general del
cuerpo. Por ello, el neurótico, en general, no experimenta verdaderos
sentimientos, sino más bien sentimientos convertidos en sensaciones y
niveles variables de tensión (Janov, 1970). Y, en cuanto vivencia alguna
emoción, demuestra una tendencia a hacerlo con una intensidad
desproporcional al evento que la gatilló. La persona utiliza, cuando la
tensión se acrecienta anunciando el surgimiento de los sentimientos
negados, mecanismos involuntarios para aliviarla, tales como el rechinar
los dientes, el suspirar, las pesadillas o la enuresis. En caso de que
la tensión sobrepase los límites de lo soportable porque estos
mecanismos fracasan, entran en acción los mecanismos voluntarios de
alivio de la tensión: la proyección de los sentimientos propios en otras
personas; el canalizarlos hacia nuestro interior, dando lugar a una
depresión crónica de bajo grado; y, como formas más comunes de soslayar
los sentimientos primales, el transformarlos en conductas adictivas y
compulsivas (Janov, 1970; Bradshaw, 1990b).
Adicciones y compulsiones son todas las actividades que llevamos a
cabo para no estar presentes y permanecer inconscientes. Son, de modo
simultáneo, intentos de aliviar la tensión, de evitar el miedo y el
dolor primales, y de satisfacer nuestras necesidades insatisfechas por
vías sustitutorias o, en otras palabras, son esfuerzos de llenar el
vacío estructural que la herida primal ha generado (Janov, 1970; Kohut,
1977; Miller, 1979/1994; Whitfield, 1987; Hoffman, 1991; Firman &
Gila, 1997; Krishnananda, 1998, 1999). En ellas, se vuelven a abrir
constantemente las heridas que hemos sufrido, pero mientras no sean
aceptados y elaborados a consciencia los recuerdos subyacentes, la
compulsión a la repetición no desaparecerá. Por otro lado, las conductas
adictivas y compulsivas también poseen un núcleo positivo, dado que le
permiten al neurótico recuperar por un pequeño período de tiempo su
intensidad vivencial perdida, tener un vislumbre del self verdadero y
experimentar sensaciones de aceptación y libertad (Miller, 1979/1994;
Whitfield, 1987; Bradshaw, 1990a; Firman & Gila, 1997). Detrás de
todas estas motivaciones para incurrir en comportamientos de esta
naturaleza, se encuentra, en lo más profundo, un gran anhelo espiritual
de totalidad y unidad, que codetermina las tentativas que hacemos por
llenar nuestro insondable vacío interno y aliviar nuestro dolor primal,
factor que adquiere muchas veces gran relevancia durante el proceso
terapéutico (Grof, 1993; Firman & Gila, 1997; Krishnananda, 1998;
Grof, 2000).
André Sassenfeld J.