" La cuestión del adulto superdotado es quizá aún más delicada de tratar que la del niño superdotado. Aunque admitamos, a pesar de algunas reticencias aún vigentes, que el niño en desarrollo puede mostrar ciertas aptitudes particulares, resultará bastante más difícil aceptar que algunos adultos conserven un comportamiento singular que los distingue. Ellos mismos lo perciben (sin saber nombrarlo) y los demás lo sienten, pero lo atribuyen espontáneamente a un rasgo de carácter, a una originalidad, a la personalidad "marginal", "rebelde" o demasiado sensible de su amigo...
El adulto se encuentra así acorralado, y desde hace mucho tiempo, en un sistema de espejos que le devuelve imágenes de sí mismo multiformes y a menudo deformadas.
En busca de uno mismo
El superdotado busca su reflejo y su identidad, y necesita, como cualquiera, comprender quién es, cómo se comporta, por qué lo quieren, por qué lo rechazan, cuáles son sus puntos fuertes, sus valores reales y sus verdaderos límites...
Desde la primera infancia intentamos, sin tregua, comprendernos a nosotros mismos para comprender mejor el mundo y a los demás, y, sobre todo, para vivir mejor. Este movimiento natural puede vivirse, según cada personalidad, de manera más o menos consciente. Algunos avanzan por la vida con certezas y convicciones protectoras y sosegadas: hay que hacer las cosas de esta manera o de aquella, y conviene reaccionar de tal o cual forma según la naturaleza de la situación. Otros andan a tientas, se hacen preguntas sin cesar acerca de todo, siempre, se inquietan por trivialidades que alteran sus presuntas creencias, reaccionan a la mínima variación del entorno, reanudan todo sin descanso desde el comienzo para estar seguros de haber comprendido su sentido profundo y viven siempre con un ligero sentimiento de estar al mismo tiempo con los demás y a su lado. Son adultos de adaptación agitada, que en ocasiones llevan vidas que no les pegan nada, pero parecen amoldarse a ellas....pues da la impresión de que a todo el mundo le resulta completamente normal.
Su destreza singular no escapa al ojo clínico de los médicos y terapeutas con experiencia. El número de adultos superdotados con la vida hecha añicos y que padecen un sufrimiento psicológico severo es elevado, por lo que conviene tomar medidas decisivas. En manos de profesionales sin experiencia o, peor aún, que rechazan este diagnóstico, estas personas emprenderán una serie de "peregrinaciones" diagnósticas y terapeúticas que no harán sino acentuar su malestar y su profundo sentimiento de soledad e incomprensión..."
(Fragmento del libro: "¿Demasiado inteligente para ser feliz?
Jeanne Siaud-Facchin)